Sin duda, la riqueza del proceso de la comunicación es enorme. Pero también hace evidentes los límites de nuestra propia comunicación eclesial, así como la capacidad humana para crear la incomunicación. Ese es un riesgo que el propio Jesús corrió: Como el presupuesto fundamental para una comunicación se sitúa en la encarnación, en el compartir con aquellos a quienes se desea hablar, el primer paso dado por el Hijo fue encarnarse. La Encarnación suscita la segunda consecuencia: Jesús va a hablarles a los hombres en el lenguaje del propio hombre. La primera consecuencia de esta situación es que su comunicación sufrirá la ambigüedad fundamental que caracteriza a toda comunicación humana: será entendida por unos, ignorada por otros. Toda comunicación humana, por el hecho de ser histórica y necesitar un cuerpo para su realización, sufre las limitaciones humanas. Los conceptos son ambiguos; las palabras, débiles para expresar toda la realidad que se quiere transmitir; y los gestos son susceptibles de más de una interpretación. A la manera de Jesús, para hablar a los hombres, la Iglesia necesita encarnarse en medio de ellos. Su comunicación padece los mismos condicionamientos y limitaciones que padecía la comunicación de Jesús, y las ambigüedades propias de la comunicación humana. Por eso, ella necesita conocer profundamente lenguaje del hombre al que se dirige, so pena de permanecer eternamente incomprendida (Pedro Gilberto Gomes). La inculturación del Evangelio, en el contexto de Nueva Evangelización, es el actual esfuerzo de la Iglesia por encarnar su mensaje en la cultura. Pero, como hemos ido viendo, esta no es una tarea sencilla. Los recientes y continuos llamados de la Iglesia, para que cada Conferencia episcopal y cada diócesis elaboren plan pastoral completo sobre las comunicaciones, responden a la necesidad de hallar procedimientos concretos y efectivos para la Nueva Evangelización. Por eso, el papel que cumplen quienes se preparan para el ejercicio de una pastoral más consciente del desafío comunicacional, es central en todo este proceso. Del trabajo de esas personas dependerá en buena parte que en sus diócesis se efectúen planes realistas y prácticos, que puedan adaptarse a las necesidades de las Iglesias locales (Aetatis Novae, 21). Creemos que la apertura al reconocimiento de la dimensión amplia de la comunicación, puede ser una excelente entrada para seguir profundizando en ello. El punto de partida es asumirnos como miembros de la institución eclesial para, desde ahí, reflexionar y ofrecer algunos procedimientos útiles sobre la mejor forma de comunicarnos. Vale la pena pensar un poco sobre el papel de la comunicación en la labor evangelizadora de la Iglesia. ¿Cuál ha sido nuestro compromiso de corresponsabilidad y testimonio en esta labor comunicativa y cómo lo hemos hecho realidad? por Gabriel Jaime Pérez, S.J.